La Mandrágora - Javier Krahe «El humor, o la ironía, no es un arma: es un escudo.»

 





 Año 1981. Se edita La Mandrágora, primer álbum de Joaquín Sabina, Javier Krahe y Alberto Pérez. En aquella época los tres cantautores actuaban juntos en el sótano del bar madrileño del mismo nombre, situado en la Cava Baja del barrio de La Latina en Madrid. 

  Apenas una grabación en vivo da cuenta de la importancia, noche tras noche, de las actuaciones acústicas e iconoclastas de estos tres artistas. La España de los primeros ochenta pedía a gritos una salida estética para los progres. Aquel barco, capitaneado por el carisma de Krahe, ofrecía la jubilación de los llamados cantautores protesta, que poco antes habían llenado pabellones al servicio de los primeros políticos zurdos de nuestra democracia.

  ¿Quién le iba a decir a Joaquín Sabina que sus comienzos como cantautor, junto a Javier Krahe, harían historia como la han hecho, en el Café La Mandrágora

  Nada que ver con la llamada movida madrileña, que protagonizaba gente mucho más joven, adscritos al pop 'nuevaolero'. Café La Mandrágora sólo hubo uno pero si se hizo conocido y popular  fue merced a Fernando Tola, periodista en cuyo plató televisivo el trío cayó semanalmente de pie. Esta noche, se llamaba su programa. Comenzaron a lloverles las galas fuera de La Mandrágora.



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1980 - Sabina - El hombre puso nombre a los animales

    El cantautor Bob Dylan publicó en 1979 el primer álbum de su trilogía cristiana, Slow train coming. La octava canción del disco era Man gave names to all the animals, y Joaquín Sabina la versionó en 1980.

  El tema del cantautor jienense se titulaba El hombre puso nombre a los animales, y el estribillo rezaba así: «El hombre puso nombre a los animales, con su bikini, ¡qué mogollón!». A los oídos de Dylan llegó la versión de Sabina, y no le agradó en demasía. Aunque el hecho nunca llegó a ser oficial, se comentó que el cantautor de Duluth (Minnesota, EEUU) prohibió al de Úbeda que volviera a interpretar ese cover .

 Sabina afirmó sentirse traicionado cuando Dylan comenzó su etapa musical religiosa.









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 Alberto Pérez, «el otro» de La Mandrágora: «Sabina y Krahe no disfrutaban viendo a la gente aplaudirme».

 Era el «verdadero músico» de los tres cantautores que despuntaron juntos en el minúsculo escenario de la Cava Baja de Madrid a principios de los 80. Pese a desarrollar muchas facetas dentro del «show business», Pérez asegura que siempre huyó de la fama. Muchos pensaban que los tres eran buenos amigos. Al principio sí. pero luego la cosa cambió. La ambición es muy dañina.

  Tras la publicación del disco, el terceto se desquebrajó a los pocos meses. Pérez emprendió su aventura en solitario batallando en distintos frentes. Sacó un par de discos, fue colaborador televisivo, presentador radiofónico de Corazón loco, un programa musical de Radio 3... Incluso llegó a fundar su propia orquesta, «para un músico de carrera, el no va más». Ofertas sobre la mesa no faltaron para volver a reunir a los tres cantautores, «pero a ninguno nos hizo gracia la idea».



Alberto Pérez - Nos ocupamos del mar






Alberto Pérez - Yo te diré








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 En el álbum, Javier Krahe exponía su admiración por el cantautor francés Georges Brassens interpretando versiones de sus canciones (Marieta o La tormenta) y reflejando su estilo en composiciones propias que luego se convertirían en clásicos (La hoguera, Un burdo rumor o El cromosoma). Joaquín Sabina era prácticamente un desconocido en aquella época

 Allí, en La Mandrágora, jueves a jueves, frente a no más de cuarenta personas apretadas, Krahe acabó soltándose el pelo como cantante-contante, haciendo de la necesidad virtud y espectáculo de varietés, no pocas veces con dos valiums en el cuerpo para relajarse... Se rió, y mucho, de sus propias limitaciones como músico y vocalista, Krahe, eso sí, con el bolerista Alberto Pérez al quite, sobre el mismo escenario, dispuesto a mejorar vocalmente las composiciones matemáticamente perfectas que comenzaba a escribir. La Mandrágora heredaba, pues, el espíritu del cabaret Montmartre, como lugar de encuentro para agitadores gráficos, artistas y gacetilleros como Forges, Cebrián, Fernando Tola, Luis Carandell, el también del desaparecido Moncho Alpuente. Krahe interpretaba en tanto sus dos compañeros de fatigas le hacían voces, ecos y chacotas alrededor. Luego era él quien incordiaba a Sabina o a Alberto Pérez simulando con la boca el sonido del saxo o vía chunda-chunda, bajo los focos.




Javier Krahe - Un burdo rumor

No sé tus escalas por lo tanto eres muy dueña

de ir por ahí diciendo que la tengo muy pequeña,

no está su tamaño en honor a la verdad,

fuera de la ley de la relatividad.


 




Javier Krahe - La Hoguera

Es un asunto muy delicado,
el de la pena capital,
porque además del condenado
juega el gusto de cada cual:
Empalamiento, lapidamiento, inyección
crucifixión, desuello, descuartizamiento...
Todas son dignas de admiración
Pero dejadme, ¡ay!
que yo prefiera...
La hoguera, la hoguera, la hoguera







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1980 - Sabina - Telespañolito

 Antonio Machado se lamentaba por un país en guerra escribiendo aquello de «Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón». Sabina, que en más de un caso a lo largo de su extensa carrera se ha dado al dramatismo, tomaba del poeta los versos y los convertía junto a Javier Krahe en el estribillo remozado que resonaba con «telespañolito que ves la tele, te guarde Dios, uno de los dos canales ha de helarte el corazón». Estamos en los 80, aquella década que ahora se mira con nostalgia cuando nos tenemos que enfrentar a la caja tonta.




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